Juana de Arco

Juana de Arco

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Es casi seguro que nadie, en todo Rouen, estaba al corriente del juego solapado puesto en práctica por Cauchon, excepto el Cardenal de Winchester. De modo que podréis imaginar el asombro y la decepción de la multitud y de los jueces congregados en las plataformas, cuando vieron desaparecer a Juana andando, salvada del fuego, sin ofrecer el ansiado espectáculo por el que habían aguantado horas de cansancio y de incomodidad.

Quedaron como paralizados, al comprobar que la hoguera no llegó a prenderse y la condenada había escapado a la muerte. Un rugido furioso recorrió la masa. Los gritos de «traición» y las piedras volaban por el aire, hacia donde se encontraban los dignatarios. Uno de esos proyectiles pudo haber herido al propio Cardenal de Winchester, pues le pasó muy cerca. Se organizó un gran tumulto, incluso entre los más sesudos personajes, como en el caso de un acompañante del Cardenal, que agitando su puño ante el rostro del obispo de Beauvais, le habló:

—¡Por Dios, sois un traidor!

—¡Eso es falso! —respondió Cauchon.


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