Juana de Arco

Juana de Arco

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Durante el viernes y el sábado, Noel y yo nos lanzamos a imaginar sueños maravillosos, en los cuales Francia se despertaba de su modorra, sacudiendo sus cabellos… ¡Francia se ponía en marcha! ¡Francia llegaba a las puertas de la ciudad! ¡Rouen reducido a escombros y Juana liberada! Nuestras mentes ardían de gozo, en un delirio feliz y orgulloso… Y es que éramos demasiados jóvenes…

Ignorábamos lo sucedido en el calabozo de Juana el día anterior. Creímos que ya había sido perdonada y devuelta al seno de la Iglesia, por lo que ahora recibía un trato decoroso, de acuerdo con las nuevas circunstancias. Confortados con tales pensamientos, organizábamos combates heroicos, en los que también nosotros nos enzarzábamos en valerosa lucha con el enemigo. Fueron los días más felices de aquella época.

Por fin llegó la mañana del domingo. Yo estaba despierto, como siempre, soñando con el rescate. ¿En qué otra cosa habría de pensar? No tenía otra ilusión. De repente, a través de la ventana abierta, escuché una voz que gritaba, cada vez más cerca:

—¡Juana de Arco ha roto su promesa! ¡Ha sonado la última hora de la bruja!

Me quedé paralizado de angustia. La sangre se heló en mis venas.


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