Juana de Arco

Juana de Arco

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Entramos en la celda, detrás de Cauchon, el representante del Inquisidor y varios testigos más. El ver a Juana tan desanimada, triste y encadenada como siempre, cuando me esperaba otra cosa más agradable, fue un duro golpe a mi optimismo. No acababa de creerme la noticia de su reincidencia, pero ahora comprendía bien su alcance. La victoria de Cauchon parecía ya completa, definitiva. Los días anteriores, solía presentar un aspecto cansado e irritable, mientras en esos momentos se le veía muy satisfecho, lleno de tranquilidad. Su cara amoratada se inundaba de felicidad triunfante y maliciosa. Andaba arrastrando sus hábitos hasta llegar delante de Juana, disfrutando del cuadro de una pobre chica acobardada. Los jueces comenzaron el interrogatorio. Uno de ellos, Margueríe, que parecía más prudente y perspicaz, reparó en el cambio de vestido de Juana y exclamó:

—Esto me parece raro. ¿Cómo puede haber cambiado sus ropas ella sola, como no sea que se las hayan facilitado los demás? ¿O, acaso, ha sucedido algo peor?

—¡Por mil diablos! —bramó Cauchon—. ¿Es que no vais a cerrar la boca?

—¡Vendido a los franceses! ¡Traidor! —gritaron los soldados ingleses, al mismo tiempo que se arrojaron sobre Margueríe, lanza en ristre. El pobre hombre se libró de la muerte con dificultades, y permaneció mudo y asustado en el fondo de la celda. Otros jueces le relevaron.


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