Juana de Arco
Juana de Arco Es propio de los jóvenes caer en el desaliento ante las dificultades invencibles, como nos sucedió a Noel y a mí después de comentar las terribles noticias sobre el destino de Juana. Pero también es normal que las esperanzas vuelvan a despertar, como ocurrió con las nuestras cuando recordamos la vaga promesa de las Voces sobre una supuesta liberación «en el último momento». Cierto que la última vez no sirvió de nada la esperanza, pero ahora iba a ser diferente: el Rey no tardaría en acudir, al frente de sus tropas. La Hire vendría con ellos, junto a los veteranos, seguidos por ¡toda Francia detrás! Con tales pensamientos, recobramos el ánimo, llegando incluso a escuchar el vibrante ruido del acero, los gritos de combate y la excitación del asalto, y contemplamos a Juana libre de sus cadenas y con la espada en la mano, emocionada y fuerte. Pero aquel sueño no tardó en desaparecer reducido a la nada. A última hora de la noche, mi señor Manchon entró y me dijo:
—Vengo de la celda de la Doncella, y traigo para vos un mensaje de su parte.
¡Un mensaje para mí! Si Manchon se hubiera fijado en mi cara, habría descubierto que mi actitud indiferente respecto a Juana era completamente ficticia, pues su noticia me tomó desprevenido y me quedé tan conmovido ante el honor que se me hacía, que no acerté a disimular.
