Juana de Arco

Juana de Arco

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Transcurrieron aquellos tiempos con paz y tranquilidad. Pasaban los días de modo placentero, debido sencillamente a que nos encontrábamos lejos del escenario de la guerra. Algunas veces, bandas dispersas de soldados se aproximaban lo suficiente como para que, a través de los resplandores que iluminaban el cielo, por las noches, nos señalaran dónde estaban incendiando alguna granja o aldea. Todos sabíamos, o al menos presentíamos, que algún día llegarían más cerca y nos iba a tocar a nosotros el turno.

Aquel negro terror pesaba sobre nuestro ánimo con una fuerza casi física. Fue en aumento un par de años después del Tratado de Troyes. Aquél resultó ser un año funesto para Francia. Un día acudimos a una de nuestras batallas de piedras, contra los odiados muchachos partidarios de los borgoñones, en el cercano pueblo de Masey, y nos habían hecho correr. Ya de noche, llegamos a nuestra orilla del río, maltrechos y cansados, cuando escuchamos la campana de la iglesia tocando a rebato. Fuimos corriendo el trecho que faltaba y, cuando alcanzamos la plaza, la encontramos abarrotada de aldeanos furiosos y fantásticamente iluminada por humeantes antorchas.



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