Juana de Arco
Juana de Arco A primeras horas de la mañana, la Doncella de Orleáns, Libertadora de Francia, fue conducida en la plenitud de gracia y en la inocencia de su juventud, a sacrificar la vida por el país al que amaba con toda su alma, y hasta por el mismo Rey que la había abandonado en manos de sus enemigos. Iba sentada en la carreta donde se lleva a los criminales y ladrones. En cierto sentido, la trataban peor que a un delincuente, puesto que, antes de estar sentenciada por el poder civil, ya tenía escrita la condena en ridículo capirucho en forma de mitra que le pusieron en la cabeza, donde estaba escrito su pecado: «HEREJE, REINCIDENTE, APÓSTATA, IDÓLATRA». En el mismo infamante vehículo, la acompañaba el fraile Martin Ladvenue y el maestro Juan Massieu. Aparecía Juana con su melena rubia y aspecto rejuvenecido, aire dulce y sereno, vestida con una túnica blanca muy sencilla. Al salir por la puerta de la fortaleza, la carreta quedó unos momentos encuadrada en el marco y la luz del sol, proyectada sobre aquella figura enternecedora, despertó el cariño y admiración en la multitud congregada en los alrededores. Un murmullo recorría la plaza: ¡Esto es una visión celestial! ¡Una visión! Muchos se postraron de rodillas y otros lloraban, mientras por todas partes se escuchaba la oración en favor de los moribundos, que, aumentando su volumen, la acompañó, dándole ánimos, hasta llegar al momento de su muerte: ¡Cristo, ten piedad! ¡Santa Margarita, ten piedad! ¡Orad por ella, vosotros, santos ángeles y arcángeles, benditos mártires, interceded por ella! ¡Dios nuestro, sálvala! ¡Tened piedad de ella, te lo rogamos, buen Dios!
