Juana de Arco
Juana de Arco Durante toda su infancia y hasta mediados los catorce años, Juana había sido la criatura más alegre y risueña de la aldea. Con sus andares saltarines y una risa feliz y contagiosa, unido a su natural simpático y a sus modales abiertos y afectuosos, se convirtió en la preferida de todo el mundo.
Como entusiasta defensora de los derechos de Francia, en aquellos difíciles años para su patria, algunas veces, las malas noticias de los campos de batalla habían entristecido su espíritu y angustiado su corazón al mismo tiempo que la acostumbraron al dolor. Pero siempre, una vez pasados los sucesos adversos, su ánimo se levantaba de nuevo y recobraba su alegría habitual.
Sin embargo, en aquellos momentos y durante un año y medio, parecía mostrarse extraordinariamente seria y reconcentrada. No es que estuviera melancólica o triste, sino que parecía dedicada a reflexionar y sumergida en abstracciones y ensueños. Llevaba a Francia sobre su conciencia y esa carga le resultaba muy pesada. Yo sabía que éste era todo su problema, pero otros pensaban que su aire ausente era debido a cualquier tipo de éxtasis religioso. Lo cierto es que Juana no comunicaba a nadie sus pensamientos reservados y sólo a mí contaba algo sobre ellos, de modo que yo solía conocer, mejor que los demás, la índole de sus preocupaciones.
