Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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II

EL TORVO JURAMENTO DE NUESTRA BANDA

Caminamos de puntillas por un sendero entre los árboles, volviendo hacia el extremo del jardín de la viuda y agachándonos para que las ramas no nos dieran en la cabeza. Cuando pasábamos junto a la cocina, tropecé con una raíz e hice ruido. Nos arrojamos al suelo y nos quedamos quietos.

Jim, el negrazo de la señorita Watson, estaba sentado a la puerta de la cocina; le divisamos bastante bien porque había luz detrás de él. Se levantó y alargó el cuello un momento, escuchando. Después dijo:

—¿Quién va?

Se quedó escuchando. Luego empezó a andar de puntillas y se quedó plantado entre los dos. Casi hubiéramos podido tocarle. Sin duda pasarían minutos y minutos sin que hubiese un sonido. Y nosotros allí, todos juntos. Empezó a picarme el tobillo, pero no osaba rascármelo. Y luego empezaron a picarme las orejas, y después la espalda, entre los hombros. Parecía que había de morirme si no me rascaba. Bueno, pues desde entonces he notado lo mismo muchas veces. Si uno está entre gente de postín, o en un entierro, o intentando dormir cuando no se tiene sueño, si uno se encuentra en cualquier sitio donde no debe rascarse, le pica el cuerpo en más de mil sitios diferentes. Al poco rato Jim volvió a gritar:


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