Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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XIII

EL HONRADO BOTÍN DEL «WALTER SCOTT»

Bueno, pues se me paró la respiración y por poco me desmayo. ¡Encerrados en un barco naufragado con semejante pandilla! Pero no era momento de andar con sentimentalismos. Teníamos que encontrar el bote aquel, lo necesitábamos nosotros. De modo que bajamos temblando y tiritando por el lado de estribor, y fuimos tan poco a poco que nos parecía que tardábamos una semana en llegar a popa. Ni rastro de un bote.

Jim dijo que no quería ir más allá, estaba tan asustado que apenas le quedaban fuerzas, dijo. Pero yo dije: «Vamos, si nos quedamos solos en este barco, vaya fregado en que nos metemos». De modo que volvimos a ponernos en marcha. Buscamos la popa de claraboya y la encontramos y después seguimos por ella hacia proa, colgando de persiana en persiana, porque el borde de la claraboya estaba en el agua.

Cuando llegamos cerca de la puerta de la cámara, allí estaba el bote, en efecto. Apenas podía verlo. Sentí un alivio enorme. Un segundo más tarde ya hubiera estado en él; pero, en aquel preciso instante, se abrió la puerta. Uno de los hombres sacó la cabeza, solo a un par de pies de distancia de mí, y me creí perdido. Pero volvió a meter la cabeza adentro y dijo:

—¡Esconde esa maldita linterna, Bill!


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