Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—¿A quién? ¿A mí? ¡Vamos, anda! A mí no me hables de quids. Creo ver el sentido común donde lo hay, y el obrar así no tiene ni pizca de sentido común. No se pleiteaba por medio crío, se pleiteaba por un crío entero. Y el hombre que, cuando se discute la propiedad de un crío entero, ve la solución satisfactoria con medio crío, no sabe lo bastante para meterse bajo techado cuando está lloviendo. No me hables a mí de Salomón, Huck, le conozco de sobra.

—Te digo que no has visto el quid de la cosa.

—¡Vete al cuerno con el quid! Yo sé lo que sé. Y entiéndelo bien: el quid, el verdadero fundamento del asunto, viene de algo más hondo. Viene de la manera como fue criado Salomón. Toma un hombre que solo tiene uno o dos críos, ¿va ese hombre a derrochar críos? No, señor; no puede permitirse ese lujo. Él sabe darles todo su valor. Pero toma un hombre que tiene unos cinco millones de críos por casa y ya cambia la cosa. A él le cuesta poco trabajo cortar a un crío en dos, como hacerlo con un gato. Le quedan para dar y regalar. Un crío o dos de más o de menos no tenían importancia para Salomón, ¡maldito sea!

En mi vida vi un negro igual. Como se le metiera una idea en la cabeza, no había quien se la sacara ya. Le tenía más inquina a Salomón que ningún otro negro que yo haya conocido. De modo que me puse a hablar de otros reyes y dejé a un lado a Salomón.


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