Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn BURLÁNDOME DEL POBRE JIM
Pensábamos que, pasadas otras tres noches, llegaríamos a Cairo, que está situado en el extremo de Illinois, donde desemboca el río Ohio, y eso era, precisamente, lo que ambicionábamos. Teníamos el propósito de vender la balsa, embarcarnos en un vapor y navegar Ohio arriba, por entre los estados libres, donde nuestras preocupaciones tendrían fin.
Bueno, pues, a la segunda noche empezó a presentarse la niebla y nos dirigimos a una punta de estopa para amarrar, pues era una imprudencia navegar en medio de la niebla; pero, cuando yo me adelanté en la canoa con la cuerda, solo había arbolitos pequeños donde poder atarla. Amarré el cabo a uno que creía en la misma orilla de la ribera cortada, pero era tan fuerte la corriente y la balsa bajó tan aprisa que arrancó el arbolito de raíz y siguió río abajo.
Vi que la niebla se hacía más densa, y me asusté tanto que no pude moverme durante cerca de medio minuto, al menos eso me pareció a mí, y la balsa había desaparecido; no se podía ver nada a muchos pies de distancia. Me metí en la canoa, corrí a popa, tomé el canalete y me puse a remar. Pero la embarcación no se movió. Con las prisas me había olvidado de soltar la amarra. Me levanté e intenté desatarla, pero estaba tan excitado que las manos me temblaban de tal modo que apenas podía hacer nada con ellas.
