Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Jim contempló la porquería acumulada; luego me miró a mí y, después, volvió a mirar la porquería. Se le había metido el sueño de tal modo en la cabeza que parecía no poder sacudírselo de encima y conseguir que la realidad fuera ocupando, nuevamente, su lugar. Pero, cuando consiguió ordenarlo todo mentalmente, se revolvió y me miró fijamente, sin sonreír, y dijo:
—¿Que qué representan? Ahora te lo diré. Cuando me quedé agotado de tanto trabajar, y de llamarte, y me quedé dormido, tenía casi partido el corazón porque estabas perdido y me tenía sin cuidado ya lo que pudiera ocurrirle a la balsa. Y, cuando me desperté y te encontré de nuevo a mi lado, sano y salvo, se me saltaron las lágrimas y me entraron ganas de dejarme caer de rodillas y besarte los pies, tan inmensa era mi alegría. Y tú, en lo único que estabas pensando era en la manera de tomarle el pelo al viejo Jim con una mentira. Eso que hay encima de la balsa es porquería y porquería es la gente que tira tierra encima de la cabeza de un amigo y le avergüenza.
Después se levantó muy despacio, y se dirigió al cobertizo y entró en él, sin decir una palabra más. Pero había dicho bastante. Me hizo sentir tan miserable que casi le hubiese besado yo el pie para que retirara aquellas palabras.