Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Cuando bajaban él y la señora por la mañana, toda la familia se ponía en pie para darles los buenos días y nadie volvía a sentarse hasta que lo hubieran hecho ellos.

Después, Tom y Bob se acercaban al aparador, preparaban un vaso de licor de raíces amargas y se lo ofrecían. Él esperaba con el vaso en la mano a que los dos hombres se preparasen el suyo y, después de hacer una reverencia, brindaban diciendo: «Nuestro deber para con ustedes, señor y señora». Y entonces ellos hacían una leve inclinación de cabeza y decían gracias y los tres hombres bebían.

Entonces Bob y Tom añadían una cucharada de agua al azúcar, y la gota de whisky o de coñac de manzana que quedara en el fondo de su vaso nos la pasaban a Buck y a mí, que también bebíamos a la salud de los ancianos.

Bob era el más viejo y Tom iba después. Eran hombres altos, hermosos, robustos de espaldas y cara morena, y pelo negro largo, y ojos negros. Vestían de hilo blanco como el viejo y llevaban anchos jipijapas.

Venía después la señorita Charlotte. Tenía veinticinco años y era alta, orgullosa y magnífica; pero buena como el pan, cuando no estaba excitada. Sin embargo, cuando lo estaba, tenía una mirada capaz de pararle a uno en seco y dejarle patitieso, como su padre. Era hermosa.


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