Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Un centinela. Esto sà que está bueno. ¿Conque alguien ha de pasarse la noche en vela y sin dormir, solo para vigilarles? Me parece una estupidez. ¿Por qué no puede uno coger una maza y rescatarlos asà que entren aqu�
—Porque eso no está en los libros, por eso. Escucha, Ben Rogers, ¿quieres hacer las cosas como es debido, o no? Eso es lo interesante. ¿No te parece que la gente que ha hecho los libros sabe cómo han de hacerse las cosas? ¿Crees que tú puedes enseñarles algo? No, señor, lo que haremos será rescatarles de la forma normal.
—Bueno. Me da igual. Pero digo que es una estupidez de todas formas. Oye… ¿también mataremos a las mujeres?
—Mira, Ben Rogers, si yo fuese tan ignorante como tú, procurarÃa que nadie se enterase. ¿Matar a las mujeres? No… nadie ha visto semejante cosa en los libros. Se las trae a la caverna y se las trata siempre con cortesÃa. Y, con el tiempo, acaban por enamorarse de uno y no quieren volver a su casa.
—Bueno, pues si es asÃ, estoy de acuerdo; pero no me convence. Dentro de poco tendremos la cueva tan atiborrada de mujeres y de hombres que esperan ser rescatados que no habrá sitio para los bandidos. Pero tú sigue adelante, yo no tengo nada que decir.