Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn EL DUQUE Y EL DELFÍN SUBEN A BORDO
Pasaron dos o tres días y noches; podría decir que pasaron nadando, tan tranquilos, tan uniformes y tan deliciosos se deslizaron. He aquí la manera como pasábamos el tiempo. A aquella altura el río era monstruoso: a veces tenía milla y media de ancho. Navegábamos de noche y atracábamos y nos escondíamos durante el día. Cuando la noche estaba por acabar, dejábamos de navegar y amarrábamos la balsa, casi siempre en el agua mansa al pie de una punta de estopa, y luego cortábamos álamos jóvenes y sauces, que nos servían para ocultar la balsa.
Después tendíamos los aparejos de pescar. Y luego nos metíamos en el río a nadar un poco para refrescarnos. Después nos sentábamos en el fondo arenoso, donde el agua llega a las rodillas, y contemplábamos la llegada del día. Ni un sonido en ninguna parte, silencio absoluto, exactamente igual que si todo el mundo estuviera dormido, solo que a veces se oía el croar de las ranas.
