Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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III

EMBOSCAMOS A LOS ÁRBOLES

Bueno, pues la señorita Watson me dio un buen repaso por la mañana por culpa de la ropa. Pero la viuda no me riñó. Se limitó a limpiar la grasa y la arcilla con cara tan apenada que decidí portarme bien una temporada, si podía. Después, la señorita Watson me metió en el retrete y rezó; pero poco ganó con ello. Me dijo que rezara todos los días y que conseguiría todo lo que pidiera.

Pero no fue así. Lo probé. Una vez logré un sedal de pescar, pero no anzuelos. Y sin anzuelos para poco me servía. Probé suerte tres o cuatro veces, a ver si conseguía los anzuelos; pero no pude hacerlo funcionar, no sé por qué. Por fin, le pedí un día a la señorita Watson que probara por mí; pero ella me dijo que era un imbécil. Nunca me dijo por qué, y no por mucho porfiar logré adivinarlo.

Me senté en el bosque y pensé mucho rato sobre esas cosas.

Me decía: si uno puede conseguir cualquier cosa que pida rezando, ¿por qué no consigue el diácono Winn que le devuelvan el dinero que perdió en cerdos? ¿Por qué no puede conseguir la viuda que le restituyan la tabaquera de plata que le robaron? ¿Por qué no puede engordar la señorita Watson? No, me dije, no hay nada de verdad en eso.


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