Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn LA BUENAVENTURA DE LA PELOTA DE PELO
Bueno, pues pasaron tres o cuatro meses y el invierno estaba bastante adelantado. Casi todo el tiempo había ido a la escuela y sabía deletrear, leer, escribir un poquito y me sabía la tabla de multiplicar hasta seis por siete treinta y cinco, y no creo que, aunque viva eternamente, pueda nunca llegar más allá. De todas formas, no creo en las matemáticas.
Al principio, detestaba el colegio, pero con el tiempo aprendí a soportarlo. Cuando me cansaba demasiado, hacía novillos y la tunda que me daban al día siguiente me hacía bien y me animaba. De modo que, cuanto más tiempo iba al colegio, más fácil se me hacía.
También me estaba acostumbrando a las cosas de la viuda y no se me hacían tan ásperas. El vivir en una casa y dormir en una cama era para mí una sujeción bastante grande, pero a veces me escapaba, antes de que llegase el frío, y me dormía en el bosque, lo que resultaba un descanso.
Más me gustaban las costumbres antiguas, pero empezaba a volverme de manera que también las nuevas me gustaban un poquito. La viuda decía que progresaba lentamente, pero con seguridad, y que marchaba muy satisfactoriamente. Decía que no estaba avergonzada de mí.
