Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn PAPÁ EMPRENDE UNA NUEVA VIDA
Había entornado la puerta. Y, al volverme, allí estaba. Solía temerle siempre, tanto era lo que me zurraba. Supuse que entonces también le temía, pero al cabo de un momento vi que estaba equivocado. Es decir, después del primer susto, como quien dice, cuando se me paró la respiración, por lo inesperado de la cosa. Pero, inmediatamente después, vi que no me asustaba lo bastante como para preocuparme.
Tendría unos cincuenta años, y los aparentaba. Llevaba el pelo largo, enmarañado, grasiento, caído, y a través de él se le veían brillar los ojos como si estuvieran detrás de enredaderas. Era todo negro; no, gris; y las barbas largas y también enmarañadas. Donde se le veía la cara no tenía color. Era blanca; no como el blanco de otro hombre, sino de un blanco como para darle a uno náuseas, un blanco como para ponerle a uno la carne de gallina, un blanco de rana arbórea, un blanco de panza de pez.
En cuanto a su ropa, todo era un harapo. Apoyaba un tobillo en la otra rodilla; en ese pie tenía la bota reventada y le asomaban los dedos, que movía de vez en cuando. El sombrero estaba en el suelo, un sombrero astroso, negro y viejo, con la ropa rota, como una tapa.
