Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn EL ORO SALVA A LOS LADRONES
Tan pronto estuvieron a bordo, el rey la emprendió conmigo y me sacudió por el cuello y dijo:
—De modo que intentabas darnos esquinazo, ¿eh, perro? Estabas cansado de nuestra compañía, ¿eh?
Yo dije:
—No, majestad, no es verdad… por favor… majestad.
—Aprisa, pues, y dinos qué pretendías o te sacudo hasta vaciarte el cuerpo.
—Se lo contaré todo tal como ocurrió, majestad, palabra. El hombre que me tenía cogido de la mano fue muy bueno conmigo y no hacía más que decir que había tenido un hijo de mi edad y que se le había muerto el año pasado, y que sentía mucho ver a un muchacho en una situación tan apurada.
»Y cuando todos quedaron patitiesos al encontrar el oro, y se abalanzaron sobre el ataúd, me soltó, susurrando: “¡Sal pitando o te ahorcarán de seguro!”. Y por eso salí de estampía. De nada parecía servir que me quedara yo… Yo no podía hacer nada y no quería que me ahorcasen si podía escaparme. De modo que no dejé de correr hasta encontrar la canoa.
