Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn EL TRISTE FINAL DE LA REALEZA
De modo que salí con el carro para la población y, cuando había recorrido medio camino, vi que se acercaba otro carro y, en efecto, era Tom Sawyer. Me paré y le dejé llegar.
Dije: «¡Alto!», y se paró a mi lado y Tom abrió una boca de a palmo y se quedó así. Y tragó saliva dos o tres veces, como quien tiene muy seca la garganta, y después dijo:
—Nunca te hice ningún daño y bien lo sabes. De modo que ¿por qué vuelves a atormentarme?
Yo dije:
—No vuelvo… Nunca me he ido.
Cuando oyó mi voz se tranquilizó un poco, pero aún no las tenía todas consigo. Dijo:
—No me hagas ninguna jugarreta, porque yo no te la haría a ti. ¿Palabra que no eres un fantasma?
—Palabra que no lo soy.
—Pues yo… yo… bueno, eso debiera bastar, claro está, pero no sé por qué no acabo de entenderlo. Escucha: ¿es que no te asesinaron de ningún modo después de todo?
—No, no me asesinaron de ningún modo… Les hice una jugarreta. Ven aquí y tócame si no me crees.
