Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn AYUDANDO A JIM
Cuando aquella noche supusimos que ya estaba dormido todo el mundo, nos deslizamos por el pararrayos y nos encerramos en el cobertizo, sacamos el brazado de madera fosforescente y nos pusimos a trabajar. Desembarazamos de trastos toda una longitud de cuatro o cinco pies alrededor del rollizo de abajo. Tom dijo que ahora estaba inmediatamente detrás de la cama de Jim, y que cavaríamos por debajo de ella y que, cuando hubiéramos terminado, nadie se daría cuenta desde el interior de la choza de que hubiese allí un agujero, porque la colcha de Jim colgaba casi hasta el suelo y habría que levantarla y mirar debajo para ver el agujero.
De modo que cavamos y cavamos con los cuchillos hasta cerca de medianoche. Para entonces estábamos que no podíamos más, se nos habían llenado las manos de ampollas y parecía que no habíamos adelantado nada. Por fin dije:
—Aquí no hay trabajo para treinta y siete años; hay trabajo para treinta y ocho, Tom Sawyer.
No dijo una palabra. Pero suspiró, y poco después dejó de cavar y descansó un buen rato; comprendí que estaba pensando. Por fin dijo:
