Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn JIM Y SU PASTEL DE LA BRUJA
Estaba salvado el apuro. De modo que entonces nos marchamos y fuimos al montón de basura que había en el patio posterior, donde se arrojaban botas viejas, y trapos, y botellas rotas, y cosas de hojalata estropeadas y toda clase de cachivaches inservibles, y buscamos en él y encontramos una jofaina agujereada y como pudimos tapamos los agujeros para que nos sirviera para el pastel, y con ella nos fuimos al sótano y robamos harina para llenarla, y nos fuimos a desayunar, y encontramos un par de abismales que Tom dijo que irían bien para que un prisionero escribiera su nombre y sus penas en las paredes de la mazmorra.
Uno de ellos lo dejamos en el bolsillo del delantal de tía Sally, que colgaba de una silla, y el otro lo introdujimos en la cinta del sombrero de tío Silas, que estaba sobre la mesa del despacho, pues oímos que los críos decían que papá y mamá irían aquella mañana a casa del negro fugitivo, y después nos fuimos a desayunar y Tom dejó resbalar la cuchara de peltre en el bolsillo de la chaqueta de tío Silas. Tía Sally aún no había llegado, de modo que tuvimos que esperar un poco.
Y cuando llegó, vino acalorada, y colorada y enfadada, y apenas pudo esperar a que se dijera la bendición. Después, se puso a servir café con una mano y a darle golpes con el dedal, en la cabeza, al crío que tenía más cerca. Dirigiéndose a su marido, dijo:
