Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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XLI

SERÍAN ESPÍRITUS

El médico era un anciano, un anciano muy amable y de bondadoso aspecto, o al menos a mí me causó esta impresión. Le dije que mi hermano y yo habíamos estado cazando en Isla Española el día anterior, por la tarde, y que habíamos acampado en los restos de una balsa que encontramos. A eso de medianoche, en sueños, debía de haberle dado un puntapié a la escopeta, porque se disparó y le dio en una pierna. Y queríamos que él fuese allí para curarle y no dijese una palabra, ni se lo contase a nadie, porque queríamos volver a casa aquella noche y dar una sorpresa a la familia.

—¿Cuál es vuestra familia? —preguntó.

—Los Phelps, que viven allá abajo.

—¡Ah! —dijo.

Y después de un momento:

—¿Cómo dices que se pegó el tiro?

—Tuvo un sueño —dije—, y se pegó un tiro.

—¡Qué sueño más singular! —dijo.

De modo que encendió una linterna y tomó las alforjas de la silla de montar y nos pusimos en marcha. Pero así que vio la canoa no le gustó nada su aspecto. Dijo que sería bastante grande para uno, pero no parecía muy segura para dos. Yo dije:

—¡Oh, no tenga miedo! Pudo con los tres divinamente.

—¿Los tres?


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