Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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XLII

POR QUÉ NO AHORCARON A JIM

El viejo volvió otra vez al pueblo antes de desayunar, pero no pudo encontrar ningún rastro de Tom. Y los dos se sentaron a la mesa, pensando, y sin decir una palabra, y con cara de tristeza, y el café se les iba quedando frío, y no comían nada. Y al cabo de un rato, el viejo dijo:

—¿Te di la carta?

—¿Qué carta?

—La que cogí ayer en correos.

—No, no me diste ninguna carta.

—Pues debo de haberme olvidado.

Y se puso a buscar en los bolsillos, y después se fue no sé adónde, al lugar en que la había dejado, y la trajo, y se la dio. Dijo ella:

—Pero ¡si es de San Petersburgo… de mi hermana!

Me pareció que no me iría mal otro paseíto, pero no pude moverme. Antes de que la tía pudiera abrir la carta, se le cayó y echó a correr, porque había visto algo. Y yo también. Era Tom Sawyer, sobre un colchón. Y el médico, y Jim, con su vestido de indiana, y las manos atadas a la espalda, y un montón de gente. Escondí la carta detrás de la primera cosa que me vino a mano y corrí.

Tía Sally se abalanzó hacia Tom, diciendo:


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