Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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VIII

PERDONO LA VIDA A JIM, EL ESCLAVO DE LA SEÑORITA WATSON

Cuando me desperté el sol estaba tan alto que calculé que serían más de las ocho. Me quedé allí tendido, en la hierba y la frescura de la sombra, meditando las cosas y sintiéndome descansado y bastante cómodo y satisfecho. Podía ver el sol por uno o dos claros, pero, en general, solo había árboles grandes por allí que dejaban una penumbra entre ellos. A trechos el suelo estaba moteado, donde la luz se filtraba por entre las hojas; y estos sitios se movían un poco, lo que demostraba que en lo alto había un poco de brisa. Un par de ardillas, en una rama, parloteaban mirándome amistosamente.

Me encontraba estupendamente bien y me sentí perezoso; no quería levantarme y preparar el desayuno. Bueno, pues ya me estaba durmiendo otra vez cuando creí oír un profundo ¡pum! río arriba. Sacudí el sueño y me alcé sobre un codo y escuché. No tardé en oírlo otra vez.

Me levanté y fui a mirar por un claro de las hojas y vi una nube de humo sobre el agua, muy arriba, por donde debería estar el embarcadero. Y el barco que cruzaba el río estaba lleno de gente y, en lugar de cruzar, flotaba agua abajo. Ahora ya comprendí lo que pasaba.

¡Puuum!


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