Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—Espera, querido, espera. No cantes victoria. Vendrá. Recuerda que te digo que vendrá.

Y así fue. Esa conversación la tuvimos el martes. Bueno, pues el viernes, después de comer, estábamos tumbados sobre la hierba en la parte más alta de la loma y nos quedamos sin tabaco. Yo fui a la gruta a buscar más, y me encontré allí con una serpiente de cascabel.

La maté y la enrosqué al pie de la manta de Jim, con mucha naturalidad, pensando lo que me divertiría cuando la encontrara el negro. Al anochecer, ya me había olvidado completamente de la serpiente, y, cuando Jim se tiró sobre la manta mientras yo encendía la luz, la pareja de la serpiente, que estaba allí, le mordió.

De un salto se puso en pie, dando gritos, y lo primero que vimos con la luz fue el bicho enroscado, dispuesto a atacar otra vez. En un segundo la puse fuera de combate con un palo y Jim agarró la garrafa de whisky de papá y empezó a vaciarla.

Estaba descalzo y la serpiente le había mordido en el talón. Eso fue la consecuencia de que yo cometiera la tontería de no recordar que, donde se deja una serpiente muerta, siempre acude la compañera y se enrosca a su alrededor. Jim me dijo que cortara la cabeza a la serpiente y que la tirara y que luego desollara el cuerpo y asara un trozo.


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