Las aventuras de Tom Sawyer
Las aventuras de Tom Sawyer TOM llegĂł a su casa de negrĂsimo humor, y las primeras palabras de su tĂa le hicieron ver que habĂa traĂdo sus penas a un mercado ya abastecido, donde tendrĂan poca salida:
—Tom, me están dando ganas de desollarte vivo.
—¿Pues, quĂ© he hecho, tĂa?
—Pues has hecho de sobra. Me voy, ¡pobre de mĂ!, a ver a Sereny Harper, como una vieja boba que soy, figurándome que le iba a hacer creer todas aquellas simplezas de tus sueños, cuando me encuentro con que ya habĂa descubierto, por su Joe, que tĂş habĂas estado aquĂ y que habĂas escuchado todo lo que dijimos aquella noche. Tom ¡no sĂ© en lo que puede venir a parar un chico capaz de hacer una cosa parecida! Me pongo mala de pensar que hayas podido dejarme ir a casa de Sereny Harper y ponerme en ridĂculo, y no decir palabra.
Éste era un nuevo aspecto de la cuestiĂłn. Su agudeza de por la mañana le habĂa parecido antes una broma ingeniosa y saladĂsima. Ahora sĂłlo le parecĂa una estĂşpida villanĂa. DejĂł caer la cabeza y por un momento no supo quĂ© decir.
—TiĂta —dijo por fin—, quisiera no haberlo hecho, pero no pensé…