Los diarios de Adan y Eva

Los diarios de Adan y Eva

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Con todo, su corazón tendía a conservar al monstruo y no podía darse por vencida. Pensó que podíamos iniciar una granja con él, y pretendió que la ayudara a ordeñarlo; pero no lo hice, era demasiado riesgoso. El sexo no era el correcto, y no teníamos escalera, de todos modos. Luego quiso montarlo para otear el paisaje. Treinta o cuarenta pies de su cola se apoyaban sobre el suelo, como un árbol caído, y ella pensó que podía trepar por allí, pero se equivocó; cuando llegó a un lugar empinado estaba demasiado resbaladizo y se cayó, y se habría lastimado si no hubiera sido por mí.

¿Estaba satisfecha? No. Nada nunca la satisface, salvo la demostración; las teorías no comprobadas no existen para ella, y no puede concebirlas. Es la actitud correcta, debo conceder; me atrae, siento su influencia, si estuviera más tiempo con ella creo que yo mismo la adoptaría. Bien, ella tenía una teoría sobre ese coloso: pensaba que si podíamos domesticarlo y volverlo amistoso, podríamos elevarnos sobre el río y usarlo como puente. Resultó que estaba lo suficientemente domesticado —al menos en lo que a ella le concernía—, de modo que puso a prueba la teoría, pero falló: cada vez que lograba ubicarlo en el lugar apropiado en el río e iba hasta la orilla para trepar sobre él, él salía y la seguía como una montaña doméstica. Como los demás animales. Todos hacen eso.


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