Narrativa breve

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El público se sentó y todos los Símbolos, a excepción del doctor Clay Harkness, se pusieron de pie protestando con vehemencia contra el ultraje propuesto, y amenazando con les niego que no me amenacen dijo el forastero tranquilamente. Conozco mis derechos legales y no acostumbro a dejarme intimidar por las fanfarronadas. /Aplausos/. El forastero se sentó.

En este momento el doctor Harkness vio una oportunidad. Era uno de los dos hombres más ricos de la ciudad, Pinkerton, el otro. Harkness era dueño de una casa de moneda, mejor dicho, de un popular medicamento patentado. Era candidato por uno de los partidos alas elecciones y Pinkerton lo era por otro. Se trataba de una carrera reñida y apasionada y cuyo apasionamiento aumentaba de día en día. Ambos tenían mucha hambre de dinero y cada uno había comprado una gran extensión de terreno con una finalidad: se tendería un nuevo ferrocarril y ambos querían salir elegidos y contribuir a que se trazara el itinerario en su beneficio. Un solo voto podía bastar para decidir el asunto, y con él, dos o tres fortunas. La suma en juego era grande, y Harkness, un especulador audaz. Estaba sentado junto al forastero. Se inclinó hacia él, mientras algunos de los demás Símbolos distraían al público con sus protestas y súplicas, y le preguntó en un susurro:

-¿Cuánto quiere por el talego?

-Cuarenta mil dólares.


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