Narrativa breve

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Y de esta forma toda la escoria que había quedado de aquella bufa broma cayó sobre una sola cabeza, con y catastróficos efectos. Se renovó la hilaridad general y se concentró en Pinkerton; y la elección de Harkness fue un paseo. En los primeras veinticuatro horas que siguieron a la recepción de los cheques, las conciencias de los Richards se apaciguaron poco a poco, abatidas; la anciana pareja estaba aprendiendo a reconciliarse con el pecado cometido. Pero ahora debía aprender que el pecado, provoca nuevos terrores auténticos, cuando hay una posibilidad de que se descubra. Esto le, da un aspecto nuevo y más concreto e importante. En la iglesia el sermón dominical fue como de costumbre: se trataba de las mismas cosas de siempre dichas m la formo de costumbre y ellos las habían oído mil veces y las encontraban inocuas, casi sin sentido y adecuadas para dormir cuando se decían. Pero ahora aquello parecía distinto: el sermón parecía estar erizado de acusaciones y se hubiera dicho dm apuntan directa y especialmente contra la gente que ocultaba pecados mortales. Al salir de la iglesia, los Richards se alejaron lo más pronto que pudieron de la multitud que les felicitaba y se dieron prisa en volver a casa, helados, no se sabe muy bien por qué, -¡por unos temores vagos, sombríos, indefinidos. Y dio la casualidad de que vieran fugazmente al señor Hurgess al doblar éste una esquina. -¡El reverendo no prestó atención a su saludo! No los había visto, pero ellos lo desconocían. -¿Qué podía significar la conducta de Burgess? Podía significar… podía significar… ;Oh! Una docena de cosas terribles. -¿Sabría Burgess que Richards podía haber probado su inocencia, m esa época lejana, y habría estado es pecando silenciosamente la oportunidad de ajustar cuentas Ya en casa, llenos de congoja, se pusieron a imaginar que la criada quizá había escuchado en el cuarto contiguo que Richards revelaba a su esposa la inocencia de Burgess. Luego Richards empezó a creer que había oído crujir un vestido en aquel cuarto y, finalmente, tuvo la convicción de haberlo oído. Resolvieron llamar a Sara, con un pretexto; si les había delatado al señor Burgess, se darían cuenta por su empacho. Le formularon varias preguntas, preguntas tan fortuitas e incoherentes y aparente mente carentes de sentido, que la muchacha tuvo la certeza de que los cerebros de ambos ancianos habían sido afectados por su repentina fortuna; el modo de mirar penetrante y escrutador de sus se ñores la asustó, y esto remató el asunto. Saya se sonrojó, se puso nerviosa y confusa y para los ancianos éstas fueron claras señales de culpabilidad, culpabilidad de una u otra especie terrible, y llegaron a la conclusión de que, sin duda, Sara era una espía y una traidora. Cuando volvieron a quedarse solos, comenzaron a relacionar muchas cosas inconexas, y los resultados de la combinación fueron terribles. Y, e cuando las cosas hubieron asumido el más grave cariz, Richards exhaló un repentino suspiro, y su es posa preguntó:


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