Narrativa breve
Narrativa breve Condenado a muerte por el asesinato de David Gray, que cometà hace un año, escribo esta verÃdica crónica de mi vida. Me llamo Jean Mercier. Nacà en un pueblo del sur de Francia. Mi padre era barbero. Yo aprendà el oficio y lo ejercà por un tiempo. Pero poseÃa talento y ambición. Sin ayuda de nadie, me instruà yo mismo en una especie de educación universal. Aprendà muchos idiomas, llegué a un alto nivel en el campo de las ciencias y desarrollé una aptitud más que considerable como inventor y mecánico. Me adiestré en la navegación por mar. Más adelante probé suerte como guÃa, como cicerone. Llevé turistas por todo el mundo. Finalmente, en mala hora, caà en manos de un tal monsieur Jules Verne, escritor. Ahà empezaron mis tribulaciones. Me pagó un buen salario y me mandó de aquà para allá a bordo de toda clase de odiosos vehÃculos. Después escuchaba mis aventuras y hacÃa un libro a partir de cada uno de mis viajes. Eso no habrÃa sido censurable si se hubiera ceñido a la realidad; pero no, a él no le bastaba y tenÃa que agrandarla. Transformó mis simples experiencias en insólitos y tergiversados portentos. No puedo expresar con palabras la humillación que eso representó para mÃ, ya que yo era muy puntilloso en cuestiones de veracidad y honradez… por aquel entonces. Todos mis amigos conocÃan mi empleo; pensaron que aquellas atroces narraciones habÃan sido transcritas tal cual yo las habÃa contado, y uno por uno me retiraron primero el crédito y luego la palabra. Me quejé a monsieur Verne en repetidas ocasiones, pero de nada me sirvió. Aquel monstruo me envió rÃo Sena abajo en una barcaza vieja y agujereada; cuando regresé, escuchó mi relato, se puso manos a la obra y lo agrandó hasta producir ese lamentable libro titulado Veinte mil leguas de viaje submarino. Después compró un globo de segunda mano y me hizo subir en él. Aquella vieja bolsa se elevó en el aire, recorrió unas doscientas yardas y se vino abajo, yendo a caer en un ladrillar, y yo me rompà una pierna. El resultado literario de ese viaje fue el libro que lleva por tÃtulo Cinco semanas en globo... ¡Cruel engaño! Me obligó a realizar un par de cortos y absurdos vuelos más en aquel maltrecho artefacto y escribió descabellados libros al respecto. Más adelante me envió desde ParÃs hasta un mÃsero pueblo en la otra punta de España, y en una carreta tirada por bueyes. Pasé casi un año por esos caminos, y estuve a punto de morir de desánimo e inanición antes de volver. ¿Y cuál fue el resultado? ¡Pues La vuelta al mundo en ochenta y cinco dÃas! Remendó su patético globo y volvió a mandarme de viaje una vez más. Me quedé suspendido entre las nubes sobre ParÃs durante tres dÃas, esperando a que soplara el viento, y luego caà de pronto en el rÃo, pillé unas fiebres y tuve que guardar cama más de tres meses. Mientras yacÃa enfermo, me atormenté pensando en mis desgracias y poco a poco ciertas especulaciones criminales comenzaron a resultarme familiares… o gratas, deberÃa decir. Cuando me recuperé, me anunció que habÃa equipado a la perfección el globo, y tenÃa el propósito de acompañarme en la siguiente expedición. Me alegré. Acariciaba la esperanza de que nos rompiéramos los dos el cuello. Monsieur Verne cargó en el globo su bolsa de viaje, su abrigo de piel y el resto de su elegante vestuario, junto con abundantes provisiones, bebida e instrumentos cientÃficos. En el momento en que partÃamos, puso en mis manos su tergiversación de mi último viaje, un libro titulado La isla misteriosa. Lo hojeé, y aquello fue la gota que colmó el vaso. El aguante de la naturaleza humana tiene un lÃmite. Tiré a monsieur Verne del globo. Debió de caer desde una altura de cien pies. ConfÃo en que encontrase la muerte, pero no tengo constancia de ello. Como es lógico, no deseaba ir a la horca, asà que arrojé al vacÃo los instrumentos cientÃficos para aligerar el peso de la nave. A continuación me vestà con las exquisitas ropas de monsieur Verne y comencé a deleitarme con sus manjares y vinos. Pero habÃa aligerado más de la cuenta el peso de la nave. Ascendà a tal altitud que el sueño se apoderó cierra; y finalmente perdà el conocimiento. A partir de ese instante no me s enteré de nada hasta que desperté en el prado de John Gray, tendido en la nieve. Ignoro qué fue del globo. Pero sà sé, por las fechas, que viajé de Francia a Missouri en dos dÃas y veintiuna horas. Y ahora comprenderá John Gray cómo me las arreglé para atravesar el prado sin dejar huellas. TenÃa curiosidad por saberlo, el pobre; pero consideré que si se lo contaba, la noticia se difundirÃa y acabarÃa en los periódicos, llegarÃa a Francia y entonces algún entrometido querrÃa saber si aquel aeronauta extranjero podÃa acaso arrojar un poco de luz sobre los últimos momentos de monsieur Verne.