Narrativa breve

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Aquel viejo intratable, el señor Gray, seguiría con vida y yo estaría aguardando pacientemente a que cayera muerto por causas naturales si él no hubiera cometido la estupidez de jurar que iría a casa y redactaría un nuevo testamento para desheredar a Mary. Consideré oportuno que fuera a reunirse con sus padres en el acto. El asesinato es un recurso fácil para un hombre cuya mente se ha visto perturbada por torturas tales como las que monsieur Verne me infligió a mí. Sin pérdida de tiempo, contraté a un cómplice para que montara guardia ante la puerta de David Gray mientras yo me deshacía de él. Dicho colaborador recibiría en pago una granja. Sólo él tiene la culpa de no ser hoy un hacendado en esa encantadora e ilustrada comunidad de devotos criadores de cerdos. En fin, a medianoche cogí prestado un cuchillo del señor Gregory —ese pueblerino duerme como un lirón y ronca como una locomotora—, y quince minutos después David Gray se había retirado del servicio activo. Acababa de empezar a redactar el nuevo testamento, y si desde aquel día hasta el presente he recibido alguna muestra de agradecimiento del señor Hugh Gregory y esposa por haber interrumpido para siempre la elaboración de ese documento en su primera frase, la circunstancia ha escapado a mi memoria. En el forcejeo me llevé un par de profundos arañazos en las manos, pero siempre usaba guantes (costumbre que sólo yo practicaba en aquella rústica región), y por tanto nadie vio las marcas. Devolví al señor Gregory el cuchillo, o al menos lo introduje en su colchón; luego cogí prestado un trozo de tela del faldón de su abrigo para colocarlo junto al cadáver, y, tras darle las buenas noches, a lo que él contestó con un ronquido, manché ligeramente de sangre su pantalón y me fui. Sabía que en la comunidad no había grandes lumbreras, y por tanto el cuchillo oculto y las manchas de sangre se interpretarían como pruebas condenatorias contra aquel roncador. Una lumbrera habría dicho: «Sólo un tonto dejaría restos de sangre en su ropa y escondería el cuchillo en su colchón, por no hablar ya de la mancha de sangre que delataba el escondrijo». Adiós, amables criadores de cerdos, me marcho de buen grado, invadido por el devorador deseo de preguntar al difunto monsieur Verne cuántos capítulos ha escrito de su libro Dieciocho meses en las calderas, y a quién emplea para ir de un lado a otro y recabar datos, mientras él los exagera y disfruta del calor del fuego en sus aposentos privados. Además, quiero saber adonde fue a parar cuando cayó.


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