Principe y mendigo
Principe y mendigo «¡Dios mío. Brava imaginación tiene! A fe mía que no es un espíritu vulgar, pues si lo fuera, loco o cuerdo, no podría tejer un cuadro tan verosímil y deslumbrante y tan falto de realidad. ¡Pobre cabecita enferma! No te faltará un amigo y un amparo mientras yo me cuente entre los vivos. No te separaré nunca de mi lado. Serás mi favorito y mi camarada. Y se curará, sí. Volverá a verse curado, y entonces ganará un nombre y yo podré decir con orgullo: “Sí; es mío”. Yo lo recogí cuando era un pobre rapaz sin hogar, pero vi lo que llevaba dentro y dije que algún día se oiría hablar de su nombre. Miradlo, observadlo. ¿Tenía yo razón?».
El rey habló con aire y tono pensativos:
—Me has salvado de la injuria y de la vergüenza. Acaso has salvado también mi vida, y con ello mi corona. Semejante servicio pide rica recompensa. Dime tus deseos, y si están dentro del alcance de mi poder real, los verás satisfechos.