Principe y mendigo
Principe y mendigo Pronto invadió a ambos camaradas una pesada somnolencia. Dijo el rey, refiriéndose a sus vestidos:
—Quítame estos andrajos.
Hendon desnudó al niño sin disentir, ni proferir una palabra, lo arropó en el lecho y miró en torno del aposento, diciéndose, condolido:
«Me ha vuelto a quitar la cama como antes… ¿Qué hago yo ahora?».
El reyecito observó su perplejidad y la disipó con unas palabras, diciendo soñoliento:
—Tú dormirás atravesado en la puerta y la guardarás.
Y un momento después se habían desvanecido todas sus desazones en un profundísimo sueño.
«Corazón sencillo; debería haber nacido noble —se dijo Hendon lleno de admiración—. Representa su papel a maravilla».
Y después se tendió en el suelo al través de la puerta, diciendo con contento:
—Peor lecho he tenido en estos siete años. Ponerle reparos a esto sería una ingratitud para El de arriba.
