Principe y mendigo
Principe y mendigo En sueños llegó a su sórdido hogar, respirando apenas, pero con los ojos brillantes de agradecido entusiasmo. Echó cuatro peniques en el regazo de su madre y exclamó:
—Son para ti todos ellos. Para ti y para Nan y Bet. Y lo he ganado honradamente, no mendigando ni robando.
La dichosa y asombrada madre lo estrechó contra su corazón y exclamó:
—Se hace tarde. ¿Le placerá a Vuestra Majestad levantarse?
¡Ah! No era ésta la respuesta que Tom esperaba.
Estaba despierto. Abrió los ojos y vio arrodillado junto a su lecho al primer lord de la cámara, ricamente vestido. La belleza del sueño desvaneciose y el pobre muchacho conoció que era cautivo y rey. La estancia estaba llena de cortesanos con capas de púrpura —el color de luto— y de nobles servidores del monarca. Tom se sentó en la cama, y por entre las gruesas cortinas de seda miró tan selecta compañía.