Principe y mendigo
Principe y mendigo —No, señor. Mi castigo fue señalado para el dÃa de hoy, y por fortuna será levantado, por no ser propio de los dÃas de luto que han caÃdo sobre nosotros. Yo lo sé, y por eso me he atrevido a venir para recordar a Vuestra Majestad su graciosa promesa de interceder en mi favor.
—¿Con el maestro, para salvarte de los azotes?
—¡Ah! ¿Lo recuerda Vuestra Majestad?
—Ya ves que mi memoria se enmienda. TranquilÃzate, que yo cuidaré de que tu espalda quede libre del castigo.
—¡Oh! ¡Gracias, mi buen señor! —exclamó el niño hincando de nuevo la rodilla—. Tal vez he ido demasiado lejos, y no, obstante…
Al ver que Humphrey vacilaba, Tom lo animó diciéndole que estaba «en vena de gracias».
—Entonces lo diré, porque ello está muy cerca de mi corazón. Puesto que no sois ya PrÃncipe de Gales, sino rey, podréis ordenarlos todo como queráis, sin que nadie os diga que no. Por lo tanto, no es razón que os incomodéis más tiempo con aburridos estudios, sino que queméis los libros y ocupéis vuestro espÃritu en cosas menos tediosas. Pero asà yo quedaré arruinado, y mis pobres hermanas huérfanas conmigo.
—¿Arruinado? Por favor, dime cómo.