Principe y mendigo
Principe y mendigo «Un caballero entra en el aposento con una vara, y tras él otro, que trae un mantel; después de haberse arrodillado ambos tres veces con la mayor veneración, tienden el mantel sobre la mesa, y se retiran ambos tras una nueva genuflexión. Vienen luego otros dos, uno también con vara y otro con un salero, un plato y pan. Cuando han hecho sus genuflexiones como los dos anteriores, y colocado dichos objetos sobre la mesa, se retiran con las mismas ceremonias realizadas por los primeros. Por fin, vienen dos nobles ricamente vestidos, uno de ellos con un trinchante, y después de haberse postrado tres veces de la manera más reverente, se acercan y frotan la mesa con pan y sal, dando muestras de tanto respeto como si el rey estuviera presente».
Así terminan los solemnes preliminares. Luego, a lo lejos se oyeron en los corredores el estruendo de las trompetas, y el confuso grito de «¡Paso al rey, paso a la majestad del rey!». Estas voces se repiten una y otra vez, acercándose más y más, y de pronto, casi en nuestras barbas, suena la nota marcial y la voz de «¡Paso al rey!», y aparece el brillante cortejo, que cierra filas a la puerta, con acompasada marcha. Dejemos hablar otra vez al cronista: