Principe y mendigo
Principe y mendigo Mientras acariciaba el caliente lomo del animal —porque éste se hallaba muy cerca y al alcance de su mano— se le ocurrió que podÃa utilizarlo en más de una forma, y asà volvió a arreglar su camastro colocándose cerca de la ternera; luego se acurrucó junto al lomo de ésta, echó las mantas sobre sà mismo y su amiga, y al cabo de unos minutos estaba tan calentito y cómodo como en las mejores noches de su lecho de plumas en el real palacio de Westminster.