Principe y mendigo
Principe y mendigo —¿No serÃa mejor, prÃncipe, que esperásemos aquà hasta que yo demuestre quién soy y asegure mi derecho a mis bienes? Asà podrÃas mucho mejor.
—¡Calla! —le interrumpió el rey imperiosamente—. ¿Qué significan tus pobres dominios, tus vulgares intereses, al lado de cosas que conciernen al bienestar de la nación y a la integridad de un trono? —Y añadió con voz más dulce, como si se arrepintiera de su rudeza—: Obedece y no temas, que yo enderezaré tu entuerto y te restableceré en todo. SÃ, en más que en todo. Yo lo recordaré.
Al decir esto tomó la pluma y se puso a escribir. Hendon le contempló amorosamente un rato y se dijo:
—Si estuviéramos a oscuras pensarÃa que ha sido un rey el que ha hablado. No se puede negar que cuando le da la vena, lanza truenos y relámpagos como un verdadero rey. ¿De dónde habrá sacado esa argucia? Miradle escribir tan contento unos garabatos sin significado, imaginándose que son latÃn y griego… Y como mi ingenio no dé con un arbitrio feliz para apartarle de su propósito, me veré obligado mañana a fingir que salgo a cumplir el cometido que ha inventado para mÃ.
Al momento siguiente los pensamientos de sir Miles volvieron al reciente episodio. Tan absorto estaba en sus meditaciones, que, cuando el rey le entregó el papel que habÃa escrito, lo recibió y guardó sin darse cuenta de ello.