Principe y mendigo
Principe y mendigo Cuando Tom Canty despertó a la mañana siguiente el ambiente vibraba con un murmullo atronador, que se extendía en todas direcciones. Esto era música para él, porque significaba que el mundo inglés salía pujante a dar leal bienvenida al gran día.
Pronto Tom se encontró a sí mismo convertido una vez más en la figura principal de una maravillosa procesión flotante en el Támesis, porque por antigua costumbre «la procesión del reconocimiento» al través de Londres debía empezar en la Torre; y hacia allá se encaminaba él.
Cuando llegó allí, los muros de la venerable fortaleza parecieron abrirse de pronto en mil lugares, y por cada abertura asomó una roja lengua de fuego y una voluta blanca de humo; siguió una explosión ensordecedora, que sofocó los gritos de la multitud e hizo temblar la tierra. Los fogonazos, el humo y las explosiones se repitieron de nuevo una y otra vez con maravillosa celeridad, de manera que en pocos momentos la vieja Torre desapareció en la extensa niebla de su propio humo, menos la punta del elevado pináculo llamado la Torre Blanca; ésta, con sus banderas, se erguía sobre el denso dique de vapor, como el pico de una montaña se destaca sobre las nubes.