Principe y mendigo
Principe y mendigo Al mediodÃa estaba aún deambulando, ahora entre la turba que seguÃa al regio cortejo, porque arguyó que este regio despliegue atraerÃa poderosamente a su pequeño lunático. Siguió a la procesión en todos sus rodeos tortuosos por Londres y en todo el camino hasta Westminster y la AbadÃa. Iba a la ventura de acá para allá, entre las multitudes que se apiñaban en las inmediaciones, durante largas y tediosas horas, chasqueado y perplejo, hasta que al fin, se alejó pensando y tratando de idear la manera de mejorar su plan de campaña. Luego, cuando volvió en sà de sus meditaciones, descubrió que la ciudad quedaba muy atrás y que iba declinando el dÃa. Hallábase cerca del rÃo, y en el campo; era una zona de hermosas fincas rústicas, no la clase de distrito que habrÃa de dar la bienvenida a un hombre con indumentaria tal.
No hacÃa frÃo en absoluto, asà que se tendió en el suelo, al socaire de un seto, para descansar y pensar. El sueño no tardó en invadir sus sentidos; el atronar desmayado y lejano de los cañones llegó a sus oÃdos, se dijo:
—Están coronando al nuevo rey —e inmediatamente se quedó dormido. Llevaba más de treinta horas sin dormir ni descansar. No se despertó hasta cerca del mediodÃa.