Principe y mendigo
Principe y mendigo A las nueve de la noche toda la extensa ribera frente al palacio fulguraba de luces. El rÃo mismo, hasta donde alcanzaba la vista en dirección a la ciudad, estaba tan espesamente cubierto de botes y barcas de recreo, todos orlados con linternas de colores y suavemente agitados por las ondas, que parecÃa un reluciente e ilimitado jardÃn de flores animadas a suave movimiento por vientos estivales. La gran escalinata de peldaños de piedra que conducÃa a la orilla, lo bastante espaciosa para dar cabida al ejército de un prÃncipe alemán, era un cuadro digno de verse, con sus filas de alabarderos reales en pulidas armaduras y sus tropas de ataviados servidores, revoloteando de arriba abajo, y de acá para allá, con la prisa de los preparativos.
De pronto se dio una orden y de inmediato toda criatura viviente se esfumó de los escalones. Ahora el aire estaba cargado con el silencio del suspenso y la expectación. Hasta donde alcanzaba la vista, podÃa verse a miles de personas en los botes, que se levantaban y se protegÃan los ojos del brillo de las linternas y las antorchas, y miraban hacia el palacio.
