Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Y mientras Tom, en su elevado asiento, observaba esta desatinada danza, absorto en su admiración de la deslumbradora mezcla de colores caleidoscópicos que ofrecía el arremolinado torbellino de vistosas figuras, el andrajoso pero verdadero Príncipe de Gales proclamaba sus derechos y sus agravios, denunciando al impostor y clamando entrada ¡a las puertas del Ayuntamiento! La muchedumbre gozaba extraordinariamente con el episodio y se abalanzaba desnucándose para ver al pequeño alborotador. Pronto empezaron a burlarse y a mofarse de él con el propósito de incitarlo a más y mayor divertida furia. Lágrimas de tristeza le saltaron a los ojos pero se contuvo y retó a la turba regiamente. Siguieron otras burlas, nuevas mofas lo punzaron, y exclamó:

—Os vuelvo a decir, hato de perruchos indecentes, que soy el Príncipe de Gales; y tan abandonado y solo como estoy, sin nadie que diga una palabra a mi favor o me ayude en mi necesidad, aun así no me despojaréis de mi derecho, que he de mantener.

—Aunque seas príncipe o no, lo mismo da; eres un chico gallardo y no te faltan amigos. Aquí estoy yo a tu lado para probarlo. Y te digo que peor amigo podrías tener que Miles Hendon, sin cansar tus piernas en la búsqueda. Descansa tu lengua, hijo mío. Yo hablo el lenguaje de estas ratas de coladera como mi lengua nativa.


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