Tom Sawyer en el extranjero

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Jim comenzó a roncar: al principio, de manera suave y haciendo burbujitas. Pero a eso, le siguió un largo bramido, luego uno más fuerte, y a continuación soltó media docena de gorgoteos horrorosos, como los del resto del agua cuando es succionada por el agujero de la bañera; después otra serie de los mismos ruidos, pero con más poderío, y luego lanzó unas fuertes toses y bufidos, como los que hace una vaca asfixiándose hasta morir; cuando una persona llega a ese punto, es que se halla en el mejor de los mundos, y es capaz de despertar a un vecino que se encuentre durmiendo en el edificio de enfrente, y se hubiera atiborrado de láudano. Sin embargo, no puede despertarse a sí mismo, a pesar de que ese espantoso estrépito está sonando a menos de cinco centímetros de sus propios oídos. A mí me parece que ésta es una de las cosas más curiosas de este mundo. Aun así, si raspas una cerilla para encender una lámpara, tan sólo ese ruidito insignificante lo despertará en seguida. Ojalá supiera cuál es el motivo para que eso ocurra así, pero no parece haber forma de averiguarlo. Allí estaba Jim, alarmando al Desierto entero, sobresaltando a todos los animales, que se preguntarían qué diablos estaría pasando en varios miles de kilómetros a la redonda; no había nada ni nadie que estuviera más cerca del estruendo que él mismo, y sin embargo, era la única criatura a la que no le molestaba. Nosotros le chillábamos y le silbábamos, pero no servía de nada. Sin embargo, no bien oyó un ruidito que no le era familiar, se despertó. No, señor, le he dado mil vueltas, y también Tom, pero no hubo manera de averiguar por qué un roncador no puede oírse roncar.


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