Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
Sí; resulta curioso pensar cuán poco tiempo es capaz una persona de permanecer satisfecha. Sólo un rato antes, cuando cabalgaba y sufría me hubiera parecido un verdadero paraíso la paz, el sosiego, la dulce serenidad de aquel escondrijo remoto y sombreado junto a un arroyo cristalino, donde me encontraba completamente a gusto vertiendo de vez en cuando agua dentro de mi armadura y, no obstante, comenzaba ya a sentirme insatisfecho. En parte, porque no podía encender mi pipa, pues aunque hacía algún tiempo había instalado una fábrica de cerillas, se me había olvidado traer una provisión para el viaje. Y en parte, también porque no teníamos nada para comer. He aquí otro ejemplo de la pueril imprevisión de aquella época y aquella gente. Un caballero armado confiaba siempre en la posibilidad de encontrar comida durante un viaje y se hubiera sentido escandalizado ante la idea de colgar de su lanza una cesta de bocadillos. Seguramente no había uno solo entre todos los caballeros de la Mesa Redonda que no hubiera preferido morir antes de que le viesen llevando una cosa semejante en su estandarte. Y, sin embargo, no podía haber nada más sensato. Había tenido la intención de esconder un par de bocadillos en mi yelmo, pero fui interrumpido mientras lo hacía, tuve que inventar una excusa y apartarlos, y se los comió un perro.
