Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Así que en lugar de hablar de sangre y revolución a aquel hombre que allí masticaba pan negro junto a un rebaño de ovejas humanas humilladas y engañadas lo llevé a un lado y le hablé de otras cosas. Cuando terminé de hablar le pedí que me prestara unas gotas de tinta de sus venas y con ellas y una astilla escribí sobre un pedazo de corteza:

«Ponedlo en la Fábrica de Hombres»

y se lo entregué, diciéndole:

-Llévalo al palacio de Camelot y entrégaselo personalmente a Amyas le Poulet, a quien yo llamo Clarence, y él sabrá lo que significa.

-Entonces se trata de un clérigo -dijo, y gran parte del entusiasmo desapareció de su rostro.

-¡Cómo que un clérigo! ¿No te he dicho que ninguna propiedad de la Iglesia, ningún sumiso esclavo del Papa o de los obispos puede entrar en mi Fábrica de Hombres? ¿No te he dicho que tú mismo no podrías entrar a no ser que tu religión, cualquiera que sea, respondiese a una elección libre y propia?

-A fe que sí, y ello me llenó de contento y, por lo tanto, disgustóme y me infundió sombrías dudas escuchar lo del clérigo.

-Pero no es un clérigo, te lo aseguro.

El hombre no estaba convencido, y preguntó:

-¿No es un clérigo y, sin embargo, puede leer?


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