Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Los agricultores pretenderÃan darme algo en compensación por mi liberalidad, quisiera yo o no, asà que permità que me ofrecieran eslabón y pedernal, y en cuanto nos hubieron dispuesto cómodamente sobre el caballo a Sandy y a mÃ, encendà la pipa. Cuando la primera bocanada de humo se coló por las rejillas de mi yelmo, todos los presentes salieron corriendo hacia el bosque, y Sandy se fue de espaldas y cayó al suelo con un golpe sordo. Pensaron que yo era uno de los dragones que escupen fuego, de esos que habÃan oÃdo hablar tanto a los caballeros andantes y otros embusteros profesionales. Tuve enormes problemas para convencer a aquella gente de que se aventurase a regresar a una distancia desde la cual pudiésemos hablar. Les expliqué entonces que se trataba de un pequeño encantamiento que únicamente podÃa causar daño a mis enemigos. Y les prometÃ, con la mano en él corazón, que si todos aquellos que no sentÃan enemistad por mà se adelantaban y cruzaban delante de mÃ, podrÃan ver cómo caÃan fulminados solamente los que se habÃan quedado atrás. No se produjeron vÃctimas, pues nadie demostró la curiosidad suficiente para quedarse atrás a ver qué pasaba.