Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
-Así que soy propietario de unos cuantos caballeros -dije mientras nos alejábamos-. Quién se hubiera imaginado que llegaría el día en que podría enumerar propiedades de ese tipo. No voy a saber qué hacer con ellos, a no ser que los rife. ¿Cuántos son, Sandy?
-Son siete y sus escuderos, señor.
-Un buen botín. ¿Quiénes son? ¿Dónde tienen el garito?
-¿Dónde tienen el garito?
-Sí, que dónde viven.
-Ah, no os entendía. Prontamente os lo diré -y empezó a dar vueltas a sus palabras, suave, admirativamente, como si las estuviese saboreando-. El garito tener, el garito, dónde garito, dónde tienen el garito, ah, eso es, dónde tienen el garito. A decir verdad, la frase tiene su gracia especial y cautivadora y suena muy bien. Una y otra vez la repetiré en mis ratos de ocio y quizá así llegaré a aprendérmela. Dónde tienen el garito. Ya lo creo. Si ya mi lengua es capaz de pronunciarla sin problemas, tan sólo...
-No te olvides de los cow-boys, Sandy.
-¿Cow-boys?
-Sí, los caballeros, sabes. Ibas a hablarme de ellos. Hace un rato, ¿recuerdas? Ya puedes iniciar el partido, en sentido figurado.
-¿El partido?...
