Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo A medida que nos acercábamos a la ciudad comenzaban a aparecer señales de vida. De vez en cuando pasábamos al lado de alguna choza miserable, con techo de paja, rodeada por un pequeño terreno y pequeños huertos en estado de abandono. También había gente; hombres musculosos con cabellos largos, ásperos, desordenados, que les caían sobre el rostro dándoles un aspecto de animales. Tanto ellos como las mujeres vestían, por regla general, toscas túnicas de estopa que les llegaban bastante más abajo de las rodillas, y una especie de burdas sandalias; muchos llevaban un collar de hierro. Los niños y niñas se paseaban desnudos, pero nadie parecía enterarse. Toda la gente me observaba sin quitarme los ojos de encima, hablaba de mí, corría para llamar a otros familiares y se quedaban mirándome boquiabiertos; pero nadie parecía reparar en el otro, excepto pasa saludarle humildemente, a lo cual él ni siquiera se dignaba responder.