Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
A la mañana siguiente, cuando apenas despuntaba el día Sandy y yo estábamos de nuevo en camino. ¡Resultaba tan agradable aspirar profundamente y llenar los pulmones con barriles enteros de aire puro, incontaminado, refrescado por el rocío, con el aroma de los bosques, después de los días sofocantes para el cuerpo y el espíritu entre los hedores morales y corpóreos de aquella vetusta e intolerable ratonera! Quiero decir intolerable para mí; naturalmente a Sandy el sitio le había parecido apropiado y agradable, acostumbrada como estaba a la vida de las altas esferas sociales.
¡Pobre muchacha! Sus quijadas habían tenido un agotador descanso... De hecho, el descanso había durado tanto que ya me estaba preparando para sufrirlas consecuencias. No me equivoqué. Sin embargo, su ayuda me había sido muy útil en el castillo, apoyándome y reforzándome con unas tonterías gigantescas que en aquellos momentos habían resultado más valiosas que el mayor dechado de sapiencia. Así que pensé que se había ganado el derecho de poner a funcionar por un rato su molino de palabras si se le antojaba, y esta vez no sentí congoja cuando empezó a hablar:
-Ahora volvemos a sir Marhaus, que con la doncella de treinta inviernos cabalgaba hacia el sur...
